DESPIÉRTATE, TÚ QUE DUERMES
- Nick Bowen
- 14 febrero 2010
Efesios 5:3-14
Entre ustedes ni siquiera debe mencionarse la inmoralidad sexual, ni ninguna clase de impureza o de avaricia, porque eso no es propio del pueblo santo de Dios.4 Tampoco debe haber palabras indecentes, conversaciones necias ni chistes groseros, todo lo cual está fuera de lugar; haya más bien acción de gracias.5 Porque pueden estar seguros de que nadie que sea avaro (es decir, idólatra), inmoral o impuro tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios 6 Que nadie los engañe con argumentaciones vanas, porque por esto viene el castigo de Dios sobre los que viven en la desobediencia.7 Así que no se hagan cómplices de ellos.
8 Porque ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz9 (el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad)10 y comprueben lo que agrada al Señor.11 No tengan nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denúncienlas,12 porque da vergüenza aun mencionar lo que los desobedientes hacen en secreto.13 Pero todo lo que la luz pone al descubierto se hace visible,14 porque la luz es lo que hace que todo sea visible. Por eso se dice:
«Despiértate, tú que duermes,
levántate de entre los muertos,
y te alumbrará Cristo.»
¿Qué amor es esto?
¿Qué amor es esto, que ama cuando es rechazado? ¿Qué amor es esto, que superabunda con gracia cuando abunda el pecado? ¿Qué amor es esto, que perdona el pecado contra un Dios santo y justo?
Este amor es como ningún otro amor que he conocido jamás en mi vida. Nunca he oído de tal amor fuera del Dios de la Biblia. El que hace todo para nosotros proveyó el sacrificio por todo tiempo por todo hombre. Ese amor cubre todo el pecado para que el pecador pueda acercarse a Dios para recibir el amor de Dios.
Este perdón no requiere nada en nuestra parte, sino recibir. No requiere que cambiemos para ser perdonado. De veras, ¿Cómo puede un pecador perdido cambiar? Es porque necesitamos un Salvador. Y la salvación de Dios es más que suficiente para los pecados de aun el peor pecador en el mundo.
Pero ¿cómo tratamos este amor?
Pero ¿cómo tratamos este amor? ¿Volvemos otra vez a hacer las cosas de antemano? ¿Vivimos como vivíamos antes de conocer al Señor? ¿Pensamos que porque somos perdonados que podemos continuar en nuestros pecados? Tenemos que darnos cuenta de lo que dice nuestra escritura hoy: Que nadie los engañe con argumentaciones vanas, porque por esto viene el castigo de Dios sobre los que viven en la desobediencia. ¿Hacemos las obras de oscuridad siendo hijos de luz?
Dios va a castigar a los desobedientes con una eternidad en el lago de fuego, y nosotros continuamos en nuestros pecados tal como ellos. Que dice el apóstol Pablo: ¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde?2 ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él? (Romanos 6:1,2)
Acaba de decir en capítulo 5 Pero allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia,21 a fin de que, así como reinó el pecado en la muerte, reine también la gracia que nos trae justificación y vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor. (vv. 20,21)
Porque Dios tiene ese gran corazón de amor, la gracia sobreabunda donde abunda el pecado. Pero eso no es razón por continuar en el pecado. Pablo dice “de ninguna manera.”
Es una cuestión válida: si el pecado va a provocar gracia de Dios, ¿por qué no continuar en el pecado? Pero la respuesta es que somos perdonados para ser cambiados. No somos salvos para continuar en el pecado.
Justificados
Es verdad que somos justificados por la sangre de Cristo. Ese término “justificado” es una palabra que se usan los impresores. Cuando las palabras en una página imprimida están alineadas en el margen izquierdo – como un tu Biblia – dicen que la página es justificada, es alineada. (Probablemente las columnas imprimidas en tu Biblia están alineadas en ambos márgenes – izquierdo y derecho).
Ser justificado por Dios quiere decir que somos alineados con Dios. Él nos ve justificado, tal como nunca habíamos pecado. Es gracia en Su parte que nos ve tal como Su Hijo Jesucristo.
Eso es una posición legal. Somos justificados legalmente ante Dios. Cuando Cristo murió en la cruz, derramó Su sangre como el sacrificio perfecto para todo hombre para todo tiempo. Quienquiera que cree en Cristo como Su salvador es perdonado y justificado por Dios. No es por su propio merito, sino por el merito de Él que murió en su lugar.
Pero sabemos que nuestra condición interior no iguala nuestra posición legal. Si, es verdad que la obra de Dios en el corazón cuando salva a una persona puede efectuar gran cambios en la vida del creyente. Cuando yo fui salvo – cuando Cristo entró en mi corazón – ya no quería fumar, ya no quería tomar. Pero todavía tenía cosas impuras en mi vida. Todavía lucho contra unas cosas en mi vida, aun hasta este día. No voy a mentir a ustedes – hay cosas en mi vida que no me gustan, pero están allí. Pero no me gustan.
Juan dice “Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad.9 Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.10 Si afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros.” (1 Juan 1:8-10)
La diferencia es que cuando pecamos, confesamos nuestro pecado y Dios nos limpia. Antes de ser salvo, pecábamos con deleite; ahora, nos causa vergüenza, y venimos a nuestro Padre celestial con lágrimas pidiendo perdón por ofenderle.
El precio de nuestra salvación
Vamos a considerar el precio de nuestra salvación. ¿Cuánto le costó a Dios? ¿Cuánto le costó a Cristo?
Ven a la ciudad
Ven conmigo a la ciudad de Jerusalén hace dos mil años. Hay un clamor en la ciudad por la muerte de Jesús. Lo habían capturado en el jardín de Getsemaní donde fue traicionado con un beso por uno de sus propios discípulos. Había cenado con sus discípulos, y les dijo que uno de ellos le iba a traicionar. Ellos se entristecieron mucho, y por uno comenzaron a preguntarle “¿Acaso seré yo, Señor?
Jesús dijo “El que mete la mano conmigo en el plato es el que me va a traicionar. A la verdad el Hijo del hombre se irá, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquel que lo traiciona! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.”
“¿Acaso seré yo, Rabí?” le dijo Judas. “Tú lo has dicho,” le contestó Jesús.
En el jardín
En el jardín, Jesús les dijo “Esta misma noche todos ustedes me abandonarán.” Pedro, tan impulsivo, le dijo “Aunque todos te abandonen, yo jamás lo haré.” “Te aseguro,” le contestó Jesús, “que esta misma noche, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.”
En el jardín Judas llegó con una gran turba armada con espadas y palos. Judas – su discípulo de tres años, el con quien había cenado esa misma noche - se acercó a Jesús y lo saludó. “¡Rabí!! Le dijo, y lo besó. “Amigo,” le replicó Jesús, “¿a qué vienes?”
Prendieron a Jesús
Entonces los hombres se acercaron y prendieron a Jesús. Jesús les dijo “¿Acaso soy un bandido, para que vengan con espadas y palos a arrestarme? Todos los días me sentaba a enseñar en el templo, y no me prendieron.”
Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Ante Caifás
Lo llevaron ante Caifás, el sumo sacerdote, y los maestros de la ley y los ancianos. Los jefes de los sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban alguna prueba falsa contra Jesús para poder condenarlo a la muerte, pero no la encontraron. Por fin, dos declararon “Este hombre dijo ‘Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días‘” Cuando el sumo sacerdote le pidió “¿Qué significan estas denuncias en tu contra?” pero Jesús se quedó callado. El sumo sacerdote demandó “Te ordeno en el nombre del Dios viviente que nos digas si eres el Cristo, el Hijo de Dios.” “Tú lo has dicho,” respondió Jesús.
“Ha blasfemado,” exclamó el sumo sacerdote.
Entonces algunos le escupieron en el rostro y le dieron puñetazos. Otros lo abofeteaban y decían “A ver, Cristo, ¡adivina quién te pegó!” El esputo corrió en su rostro abajo, mezclando con la sangre de los puñetazos.
Ante Pilato
Le llevó a Jesús ante el gobernador Pilato, y éste le preguntó “¿Eres tú el rey de los judíos?” “Tú lo dices,” respondió Jesús. “¿No oyes lo que declaran contra ti?” le dijo Pilato, pero Jesús no respondió ni a una sola acusación.
Durante la fiesta el gobernador acostumbraba soltar un preso que la gente escogiera. La gente demandó que soltara a Barrabás, un criminal condenado, y que crucificara a Jesús. Pilato dijo “¿Qué crimen ha cometido” yo soy inocente de la sangre de este hombre.” Pero les soltó a Barrabás y a Jesús lo mandó azotar y lo entregó para que lo crucificaran.
Azotado
Ataron sus manos a un poste y lo azotaron con un látigo con múltiples cuerdas. Las cuerdas del látigo habían atado pedazos de hueso y metal. Le azotaron 39 veces.
Los primeros golpes del látigo cortaron la piel en su espalda, y la sangre comenzó a fluir. Los siguientes golpes clavaron en la carne y los músculos. Con su piel hecho jirones, y los golpes del látigo dañándole más y más, empezó a temblar y estremecerse. La pena fue insoportable.
Al fin, sus huesos parecieron como islas blancas en el mar rojo de su sangre.
En el palacio
Los soldados lo llevaron al palacio donde le quitaron la ropa y le pusieron un manto de color escarlata, el color de la realeza, burlándose de él como rey. Luego trenzaron una corona de espinas y se la colocaron en la cabeza. Forzaron la corona en su cabeza, y las espinase penetraron su piel; la sangre fluyó en su rostro abajo. En la mano derecha le pusieron una caña. Arrodillándose delante de él se burlaban diciendo: “¡Salve, rey de los judíos!” Y le escupían, y con la caña le golpeaban la cabeza.
¿Cuál fue su crimen? ¿Quién puede acusarlo? Su crimen fue el de amar tanto que se entregó su vida para los pecados del mundo. Allí quedó en el palacio sudando, temblando, sangrando – y ¿porqué? Porque él te amó. Porque él me amó. Si eso es un crimen, si el amor es un acto criminal, sí, fue culpable.
Después de burlarse de él, le quitaron el manto, le pusieron su propia ropa, y se lo llevaron para crucificarlo.
En camino a Calvario
Un hombre condenado tenía que llevar su propia cruz al lugar de crucifixión. Después de todo lo que ya había sufrido, fue una prueba tan rigurosa. Dejando un rastro de sangre en el polvo del camino, tropezó y cayó debajo del peso de la cruz. Las estillas de la madera áspera solamente añadieron a su sufrimiento. Luchaba por respirar. La sangre y el sudar gotearon en sus ojos y no podía ver. La gente gritaban maldiciones mientras trató de caminar con la carga pesada de la cruz en la cual iba a morir.
Cuando cayó debajo del peso de la cruz ya no podía llevarla más, encontraron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón, y lo obligaron a llevarla al lugar de crucifixion.
En Calvario
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que significa Lugar de la Calavera), extendieron la cruz en la tierra, y le pusieron a Jesús encima de la cruz. Extendieron sus manos y martillearon claves grandes por sus muñecas. (Las claves fueron por las muñecas, no por las palmas. En las palmas, el peso del cuerpo de la víctima rasgaría las manos, liberándole de la cruz. El hueso horizontal de la muñeca previno que eso pasara.
También cruzaron sus piernas y martillearon una clave por sus tobillos a la cruz.
La crucifixión es el método de tortura más desviado y cruel jamás ideado por el hombre. Colgando en la cruz, el peso del cuerpo empuja contra el diafragma, forzando el aire de los pulmones. Para respirar, la víctima tiene que empujar arriba contra las claves en los pies, causando daño extremo.
Así pasa sus últimos días en agonía excesiva, tratando de sobrevivir, colgando entre el cielo y la tierra, desnudo, sangrando, temblando, llorando, hasta que llegue la muerte. Pero la muerte tardó por tres días; por tres días y noches la víctima tenía que sufrir la tortura de la cruz.
Isaías escribió de él: “Muchos se asombraron de él, pues tenía desfigurado el semblante; ¡nada de humano tenía su aspecto!” (Isaías 52:14)
Encima de su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: “Este es Jesús, el rey de los judíos.” Gritaron a él “Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes, ¡sálvate a ti mismo! ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz!” Oh, sí, podía acudir a su Padre que al instante podría a su disposición más de doce legiones de ángeles para librarle. Pero no – allí quedó, el Cordero sacrificado desde la creación del mundo.
Se burlaban de él los jefes de los sacerdotes, junto con los maestros de la ley y los ancianos. “Salvó a otros ¡pero no puede salvarse a si mismo! ¡Y es el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz, y así creeremos en él. Él confía en Dios; pues que lo libre Dios ahora, si de veras lo quiere. ¿Acaso no dijo: “Yo soy el Hijo de Dios?” Así también lo insultaban los bandidos que están crucificados con él.
Jesús dijo “Por eso me ama el Padre: porque entrego mi vida para volver a recibirla.18 Nadie me la arrebata, sino que yo la entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla, y tengo también autoridad para volver a recibirla. Éste es el mandamiento que recibí de mi Padre.» (Juan 10:17,18)
Desde el mediodía y hasta la media tarde toda la tierra quedó en oscuridad. En la cruz clamó “Eli, Eli, ¿lama sabactani?” que significa “Dios mío, dios mío, ¿Por qué me has desamparado?” También dijo de la cruz “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Entonces Jesús volvió a gritar con fuerza, y entregó su espíritu. Normalmente, los soldados quebraron las piernas de las víctimas para que murieron más rápidamente, pero cuando vinieron a Jesús encontraron que ya he había muerto. De veras, se entregó su propia vida.
Eso el el precio
Eso es el precio que Cristo pagó por nuestros pecados. Sabiendo esto, como podemos continuar viviendo así. Ya es ahora arrepentirse, confesar y dar a este Salvador todo lo que hay en nuestras vidas que causó Su muerte. ¿Quién crucificó a Jesús? No fue los judíos. No fue los soldados romanos. Isaías escribió “Pero el Señor quiso quebrantarlo y hacerlo sufrir, y como él ofreció su vida en expiación.” (Isaías 53:10)
Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. 4 Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. 5 Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra *paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio *camino, pero el SEÑOR hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. 7 Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca. (Isaías 53:3’7)
¿Cómo podemos continuar en el pecado contra amor tan grande? «Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo.»


